Etapa 1: Análisis de historia y monitoreo subjetivo
La primera fase busca establecer una sospecha clínica basada en los antecedentes y comportamientos del paciente:
– Historia Médica y Familiar: Se evalúan factores de riesgo como el sobrepeso (en adultos), la inflamación de amígdalas y adenoides (en niños) y la predisposición genética.
– Observación de Terceros: El testimonio de un acompañante es vital, ya que el paciente suele no ser consciente de sus ronquidos, jadeos o pausas respiratorias nocturnas.
– Test de Riesgo: Se analizan los niveles de fatiga y somnolencia durante actividades cotidianas mediante escalas clínicas estandarizadas.
Etapa 2: Examen físico y estudios de alta precisión
Una vez establecida la sospecha, se procede a la confirmación mediante pruebas objetivas que descartan otras causas anatómicas o neurológicas:
– Examen Antropométrico: El médico evalúa la morfología de la cabeza y el cuello, mide la circunferencia del cuello y el perímetro abdominal, y calcula el Índice de Masa Corporal (IMC).
– Polisomnografía Nocturna (Prueba de Oro): El paciente es monitoreado mientras duerme en un centro especializado o mediante equipos portátiles. Se registra la actividad cerebral, los patrones de respiración, el movimiento de extremidades y los niveles de oxígeno en sangre (SpO2).
– Estudios Complementarios: Se pueden solicitar espirometrías (para medir la capacidad pulmonar), electrocardiogramas o radiografías de tórax para descartar afecciones cardíacas o bronquiales asociadas.